«Me entenderás… cuando te duela el alma como a mí».
Frida Kahlo
Una persona concitadora perversa es aquella que utiliza su capacidad para despertar o provocar algo en otros con fines maliciosos o egoístas. A diferencia de un motivador genuino, su objetivo no es el bienestar o el crecimiento de los demás, sino su propio beneficio o satisfacción personal. Una persona concitadora perversa puede ser muy peligrosa, ya que utiliza su capacidad de influencia para manipular y dañar a otros. “No sólo existe el orgullo de la inteligencia, sino la estupidez de la inteligencia. Pero lo peor es la malicia… eso, la malicia del espíritu, la truhanería del espíritu.” León tolstói
Decían los antiguos romanos que entre dos que pelean hay un tercero que ríe. En ello, el concitador que es el tercero que se alegra de los males que causa; se las ingenia para pasar de bajo perfil, desapercibido, inadvertido por la persona a quien le causa daño; actúa sobre seguro, manteniéndose la mayor de las veces oculto para uno de los contrincantes, pidiéndole al otro la especial reserva de lo que le dice o de lo que le advierte respecto del aquél o aquélla, generando grande crispación entre quienes mantenían una relación amistosa, fluida o, por lo menos, cortés, hasta que la destruye. No importa si la relación es incipiente o de larga trayectoria, el concitador perverso la truncará y reirá por su hazaña.
Momentos hay donde una persona no sabe ni siquiera por qué otra le plantea pelea o por qué le responde a la defensiva, o porque está enojada o le ha quitado el habla o el respeto y la consideración que antes le tenía y se miran con desconfianza y sobresalto. Mientras hay un tercero que calentó los ánimos para enfrentarlos o enemistarlos porque los celos y la envidia se apoderaron de su corazón.
El concitador puede actuar al descubierto, sin esconder sus malas intenciones o puede plantear un juego oculto, amparado por la malicia o el enmascaramiento, provocando grandes perjuicios a otros desbaratando su tranquilidad y en ello se va hundiendo en sus frustraciones postrando cada vez más, su alma como reflejo de sus desdichas.
Los seres humanos somos emocionales y de manera instintiva respondemos complejamente cuando nos sentimos amenazados o alabados en nuestros egos. En el primero de los casos, las adversidades suelen injustamente dañar a quien inocentemente desconoce que un juego sucio se cierne sobre él o ella, que no es otro que la manipulación del concitador – el tercero que ríe gozoso del mal que ha provocado –, que ha soliviantado los ánimos de uno o de unos en perjurio de otro u otros.
Más de una vez, hay quienes han sufrido la estocada artera de quien ha concitado – ocultando su perfil y su acción – en su contra para destruirlo o dañarlo a la vista de muchos o de quienes le pudieran haber tenido especial estima y de pronto sin explicación se ve envuelto en una vorágine de injusticias, todo por la acción de un tercero que ríe maquiavélicamente.
Los romanos aconsejaban “no ser indulgente con el hombre o la mujer maliciosos”, ellos siempre actúan con segundas intenciones y no precisamente de manera subliminal, por el contrario son gráficos y muy detallistas respecto de aquello que quieren hacer creer o transmitir, e incluso, pueden hasta jurar en vano para proteger con un presunto blindaje de honor o religioso, lo que realmente lleva el sello del deshonor, la mentira y la aberración.
Y lo peor del caso es que mediante una disfuncional forma de asumir la vida y los acontecimientos, el concitador está convencido de ser una persona llena de virtudes, percibiendo la realidad de manera retorcida, crea su propia silueta de los sucesos y nunca se ajusta a la verdad, sino que desarticula las circunstancias para obtener un reflejo simulado que encaje maliciosamente en su opinión y falsedad.
Para San Agustín de Hipona, una virtud simulada es una impiedad duplicada: a la malicia se une la falsedad. Por eso cabría preguntarse cuál es la verdadera motivación de quien se dedica a indisponer a unos contra otros. ¿Qué esconde y cuál es su intención?
Malicia es la intención de causar daño. Si alguien siente malicia hacia ti, ¡cuidado! tiene malas intenciones. Se trata de una palabra que hace referencia a la maldad y al mal. Malicia no es cualquier mal: es un mal hecho intencionalmente por alguien que busca hacer daño. La gente siente malicia hacia las personas que odia. De todas las emociones y pensamientos que puedes tener, la malicia es uno de los más peligrosos.
«La vida es un arco iris que incluye el negro»
Yevgeny Yevtushenko
Dr. Crisanto Gregorio León