El mundo sigue con preocupación la profunda inflexión en el orden internacional derivada de la política exterior asumida por la nueva administración de los Estados Unidos. Son varios los temas que la determinan, entre ellos el manejo discrecional de la política arancelaria, en detrimento de los países vecinos, Europa y China, a lo cual se agregan las polémicas propuestas sobre el tema palestino, y las sensibles expresiones sobre Canadá, Panamá y Groenlandia. Pero ha sido el conflicto Rusia-Ucrania el factor detonante de las discrepancias entre Ucrania, Europa, Canadá y Estados Unidos, en especial por la iniciativa de Trump de negociar un acuerdo de paz sin Ucrania ni la Unión Europea.
Fue lamentable que la reciente reunión entre Zelensky y Trump en la sala oval de la Casa Blanca terminara en un enfrentamiento sin precedentes, y sin la firma del acuerdo respecto a la explotación conjunta de las tierras raras, en las cuales es rica Ucrania. EE.UU. ha solicitado compensaciones por el apoyo financiero y militar brindado a Ucrania durante la administración Biden, sobre cuyas cifras existen discrepancias. La iniciativa modifica el concepto de donaciones estadounidenses a Ucrania por el de retribuciones, que sientan un precedente sobre la explotación y uso de valiosos recursos naturales ucranianos. Pero la mayor diferencia surgió de la negativa de EE.UU. de garantizar a Ucrania la seguridad en sus fronteras, en la hipótesis de un acuerdo de paz o de un alto al fuego.
Ante la áspera polémica bilateral, muchos líderes mundiales han ratificado el respaldo a Ucrania, considerándolo el país agredido, en especial la Unión Europea, con la excepción del díscolo gobernante húngaro Victor Orban, aliado de Putin, quien se ha convertido en el elemento disociador del bloque comunitario, y líder de los movimientos soberanistas o euroescépticos de extrema derecha, alentados por el grave problema que representa para Europa el tema migratorio.
Concluida la fallida reunión de Washington, los líderes europeos, Canadá, Turquía y Ucrania se reunieron en Londres, bajo un clima favorable al apoyo a Ucrania, y de convencimiento de que la amenaza que se cierne sobre la Alianza Atlántica (EE.UU. y Europa), corazón de Occidente, exige fortalecer la unidad europea, y adoptar urgentes decisiones relacionadas con mayores inversiones en seguridad y defensa, para disminuir la dependencia respecto a EE.UU.
Aparte de la solidaridad con Ucrania, las conclusiones más relevantes del encuentro de Londres fueron el mantenimiento de la ayuda militar a Ucrania, trabajar con base en una propuesta del Reino Unido y Francia que garantice la soberanía y seguridad de ese país, como base para una paz justa y duradera, la cual sería sometida luego a la consideración de EE.UU., y de Rusia. Se admite que Europa debe asumir la mayor parte del esfuerzo, pero que se requiere el apoyo de EE.UU. Ese enfoque es una respuesta a la pretensión de Trump de negociar la paz bilateralmente con Putin ya que, por el contrario, se propone una coalición de países para defender a Ucrania, garantizar la paz, y disuadir a Rusia de cualquier tentación de futura invasión a cualquier país del ámbito geográfico europeo. El apoyo de EE.UU. a Rusia. y la suspensión de la ayuda a Ucrania fueron recibidos por Putin con alborozo, y entre tanto, incluso los monarcas del Reino Unido y España apoyan una paz justa y duradera en ese país, ante las vías de hecho cumplidas por Rusia. De otra parte, en un paso notable, el Reino Unido reafirmó el compromiso de respaldar a Ucrania con tropas y aviones, y de facilitar la compra de más de 5.000 misiles de defensa antiaérea, por valor de US$ 2.000 millones. Finalmente, la presidenta de la Comisión Europea Úrsula Von der Leyen convocó a una reunión del Consejo Europeo, máximo organismo político de la Unión, para discutir una propuesta urgente para el rearme de Europa, destacando que “hay que prepararse para lo peor”.
Zelensky ha manifestado disposición de firmar con EE.UU. el acuerdo sobre las tierras raras, mientras crecen las preocupaciones sobre los avances norteamericanos hacia la normalización de las relaciones diplomáticas con Rusia y al levantamiento de las sanciones, en tanto que la UE considera adoptar nuevas medidas punitivas contra Putin. En el centro de las preocupaciones está el futuro de la OTAN y el nivel de apoyo de EE.UU., con un esfuerzo mayor por parte de Europa. No hay que olvidar que a raíz de la invasión rusa a Ucrania la OTAN salió fortalecida y ampliada con la adhesión de Finlandia y Suecia, países que se habían mantenido hasta ese entonces neutrales. Para Europa es claro que si Rusia fuese el vencedor del conflicto aumentarían los riesgos de seguridad, en particular en los países fronterizos y en naciones no parte de la Unión Europea como Moldavia o Georgia, donde la penetración rusa es manifiesta, incluyendo la injerencia en procesos electorales en Europa para favorecer gobiernos que le sean proclives, o como ha sido la presión, acompañada por EE.UU., hacia la posible renuncia de Zelensky, para reemplazarlo por un gobierno títere como el de Lukashenko en Bielorusia. La animadversión de Trump hacia la Unión Europea es inocultable, a la cual acusa en forma totalmente equívoca de haber sido creada para enfrentar a EE.UU.
Las secuelas del conflicto Rusia-Ucrania refuerzan tendencias favorables a modelos hegemónicos o autocráticos, a realinaciones estratégicas y cambios de paradigmas, que debilitan las reglas multilaterales en favor del unilateralismo y de las vías de hecho. En otras palabras, el riesgo de reaparición de la ley de la selva basada en el poder y la fuerza, y el desconocimiento de tratados y acuerdos internacionales, fuente de tantos conflictos bélicos en los siglos XIX y XX. Otra cosa es la necesidad de reestructurar el sistema de Naciones Unidas, por su inoperatividad para garantizar la paz en el mundo, objetivo con el cual fue creado al final de la Segunda Guerra Mundial.
Es importante recordar además que la independencia y soberanía de Ucrania quedaron consagradas tras la disolución de la URSS, en el Acta de Proclamación de la Independencia aprobada por el parlamento ucraniano el 16 de julio de 1990, ratificada mediante referéndum del 1 de diciembre de 1991 con el 90% de votos a favor, y luego mediante el Tratado de Belavesha, firmado por los presidentes Yeltsin de Rusia, Kravchuk de Ucrania y Shuskévich de Bielorusia, el cual consagra el compromiso de respetar la soberanía y fronteras de Ucrania y de no amenazar nunca militarmente a ese país. Es un tratado vigente, que según el principio internacional del “Pacta Sunt Servanda”, lo pactado obliga a su cumplimiento.
En cuanto al otro grave conflicto, Israel y Hamas, si bien fue Hamas el desencadenante del conflicto con su vil ataque contra al kibutz israelí hace tres años, no es menos cierto que el país agredido reaccionó desproporcionadamente, aún con el derecho que le asistía a la legítima defensa. Son 50.000 muertos y un balance de daños y sufrimientos incalculables a la población civil, sin que esté a la vista una solución a la crisis, que no será vaciando a la población de Gaza, sino mediante una expresión superior de voluntad política de las partes, por encima de los torpedeos de los grupos radicales en ambos países, para llegar en algún momento a la creación del Estado Palestino, es decir a la coexistencia de los dos Estados.
Por lo pronto, vivimos momentos de especial tensión e incertidumbre mundial, siendo de desear que no conduzca a la implantación de una hegemonía tripolar: EE.UU., Rusia y China, pues iría en detrimento de los valores fundamentales de Occidente a los cuales debe ser fiel la nación norteamericana. Falta aún mucho por ver, en estos complejos escenarios geopolíticos en pleno desarrollo.
Pedro F. Carmona Estanga