Las pasarelas son un monumento al olvido. Cuando no están son clamadas a gritos por las comunidades, pero una vez que las autoridades responden al pedido y las instalan sólo las usan aquellos que caminan con muletas o se desplazan en sillas de ruedas.
Pareciera que para el peatón una pasarela es sinónimo de pérdida de tiempo, prefiere lanzarse a la deriva por la vía y vivir 50 segundos de peligro que emplear tres minutos en una pasarela para cruzar con el sosiego que solo la seguridad puede brindar.
Algunos no se conforman con correr el riesgo ellos, sino que exponen a sus hijos al peligro. Mujeres embarazadas que se lanzan al cruce a pocos metros de la pasarela.
Padres con sus niños agarrados de manos a paso apurado. En muchas ocasiones esos pequeños que no pueden mantener el ritmo de trote del padre y tropiezan.
El padre, como puede, lo toma en sus brazos en medio de la carrera y apura el paso para evitar ser embestido por algún conductor.
En muchas de esas ocasiones descritas no pasa nada, pero el peligro siempre está latente.