Según el historiador Manuel Caballero, el siglo XX fue para Venezuela un siglo de paz: interna y externa; mientras el resto del mundo convulsionaba en hecatombe con toda clase de conflagraciones.
Las guerras intestinas, los caudillos locales y las montoneras incivilizadas posteriores a la Guerra de la Independencia del siglo XIX, desaparecieron bajo el mando centralista y autoritario del dictador Juan Vicente Gómez. Con su muerte en 1936, el país entra en la modernidad del siglo XX, según lo afirmara el gran humanista venezolano Mariano Picón Salas. Si inicia el auge de la riqueza petrolera y se le abren inmensas oportunidades y el futuro se avizora auspicioso para los venezolanos. La nación toda encuentra en la celebé-rrima frase de Alberto Adriani “sembrar el petróleo”, un programa completo de desarrollo para los gobiernos democráticos que auspicia un presidente militar culto, el General Eleazar López Conteras. Con otro general democrático, Isaías Medina Angarita se estable-ce el primer régimen democrático en el país. La ambición política de algunos dirigentes de izquierda confabulados con jóvenes militares interrumpe este hilo civilizatorio el 18 de octubre de 1945, que se restablece con la elección libre y universal del primer presidente electo democráticamente en Venezuela: el escritor don Rómulo Gallegos. En 1948, de nuevo la ambición militar, corrupta y disfrazada de falso nacionalismo, se enseñorea primero con una Junta Militar y luego con la dictadura criminal y corrupta del General Marcos Pérez Jiménez. Hasta 1958, en que nace con el 23 de enero un nuevo país, y du-rante cuarenta años disfrutamos de paz, de libertad, pluralidad, justicia y desarrollo; pero sobre todo, a pesar de sus defectos múltiples y una creciente corrupción, había un Estado Derecho.
Pero al lado de la evolución política, el país entra en la modernidad. Las universidades de entonces, la UCV, LUZ, ULA y UC, son las incubadoras del la civilización y el desarrollo. Con el nacimiento de la democracia en 1958, se crean nuevos centros de estudió que son polos de desarrollo en el país. Cada día se instalaban nuevas empresas con más empleo y crece la mediana y pequeña industria a cargo de profesionales egresados de nuestras propias universidades; hay planes nacionales para reemplazar el petróleo algún día y depender menos de él para las necesidades de divisas y desarrollar nuestra independencia alimentaria. Hay paz y tolerancia entre los partidos, aunque creciente inseguridad, y corrupción en el Gobierno y en la política que conducen a una crisis política y antipartidos. Un caldo de cultivo para los cambios que siguieron.
De pronto, nos volvemos atrás. Un golpe militar sin otra justificación que el nacionalismo a ultranza, antinorteamericano, y de vuelta a las raíces libertadoras del siglo XIX para adecentar la administración pública; se convierte en una supuesta revolución que persigue los fines del castrocomunismo de mitad del siglo XX, aunque recibe el nombre de socialismo del siglo XXI.
Después de 15 años, ¿qué ha logrado esta supuesta revolución? Ya el inventario se ha hecho hasta la saciedad: destrucción del aparato productivo sustituido por el modelo fracasado del capitalismo de estado y abandonado hoy en día por aquellos países a lo que solo les trajo miseria y esclavitud. Con sus consecuencias intrínsecas de inflación y escasez incontrolables; pero, en nuestro caso con inseguridad que raya en la guerra civil y que parece estar ganando el hampa; desaparición del Estado de Derecho que llevó varias generaciones construir; entrega del país políticamente a la dictadura cubana y económi-camente en deuda por varias generaciones a Rusia, China y otros países asiáticos con regímenes totalitarios.
¿Por qué llegamos a esto? Esto será el tema a discurrir y analizar de los futuros inmedia-tos y mediatos analistas e historiadores. Por lo pronto, hay que cambiar. Hay que detener, con los medios que nos ofrece la constitución el galopante correr hacia el desastre en que los socialistas del siglo XXI nos metieron y continuaran haciendo en sus fines revoluciona-rios, pero de la revolución para el mal.
Estas son suficientes razones para que el 8 diciembre votemos por el cambio; no caer en la mentira de entregar más poderes a la dictadura cubana, que es lo que se persigue con la Ley Habilitante (redactada por cubanos seguramente) y la oportunidad de un mejor futuro; y si nos llaman hacerlo, por una nueva constituyente.
¿Qué nos pasó?
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