Decíamos antes que podríamos plantear la pobreza de dos ángulos: exógena que es cuantificable (servicios, ingresos) y la endógena que si bien no se cuantifica es muy importante, pues se refiere al ser humano como sujeto y objeto de cambio.
Hemos visto en los campos venezolanos muchas viviendas rurales construidas por el Estado que son utilizadas como depósitos de enseres, cosechas o animales y la familia sigue viviendo y cocinando en un ranchito aledaño. Cambio lo material, pero la aptitud para la vida sigue siendo igual que en las condiciones que antes vivían. Hemos acuñado frases como: “rancho mental”, “cultura marginal”, “cultura de la pobreza”.
Toda acción orientada a combatir la pobreza debe pasar primero por darle al hombre como ser social la comprensión de su papel en el tiempo y espacio donde se desempeña. Que él es el único que puede propiciar cambios que lo benefician. Algunos dirán que son eufemismos, utopías, falsas ilusiones. Yo les digo: ¿cómo carrizo el hombre pasó de las cavernas a la sociedad de hoy? ¿Acaso no fue por su ingenio, su capacidad creadora, su afán de mejorar?
El Estado por mandato constitucional debe elaborar políticas de combate a la pobreza para lograr el “apalancamiento”, que permita progresivamente el “empoderamiento” de los usuarios de esta política. Este sería el esquema ideal, lamentablemente muchos gobiernos, mantienen estacionarios en su progreso, a este sector marginal como un banco de votos para las elecciones. El “apalancamiento” y “empoderamiento”, son las claves para combatir la pobreza. Pero eso es harina del último costal.
La pobreza de los pobres (II/III)
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