El título viene a colación después de leer el artículo del escritor Alberto Barrera Tyska (El arte de mentir.), en la pasada edición dominical de El Nacional, en el cual, con se estilo característico, detalla sus impresiones acerca de afirmaciones de voceros del gobierno que están lejos de ser verosímiles, a falta del libreto que facilitaba Chávez, y que, en consecuencia, configura una gestión soportada en mentiras. Obviamente, los criterios que expone, al igual que los de muchos opositores, son respetables, aún cuando algunos de sus argumentos se compartan y otros no. En el ambiente de confrontación política que vive el país, se justifica que se trate de convencer, e, incluso, imponer “verdades” como absolutas. Solo que con Einstein, estas dejaron de ser tales y la metáfora del vaso medio lleno o medio vacío, revela que cada quien tiene su visión acerca de la realidad y, por ende, define su quehacer.
De Fernando Mires, sociólogo chileno, en su ensayo “Detrás de un vidrio oscuro” (29/10/2012), recordábamos la alusión al diálogo entre: El limpiador de vidrios y el chofer del carro: Aquel: ¿Le limpio? Este: No, gracias. ¿Le filosofo? Bueno. Aquel: Platón decía que hay dos mundos: el de las apariencias y el mundo real. Con el parabrisas sucio usted no puede ver el mundo real. El chofer: Está bien, límpialo.
En ocasión de las elecciones del 7 de octubre, Carmen Beatriz Fernández, analista político, acerca de los resultados expresó que de acuerdo a sus cálculos la diferencia real entre Chávez y Capriles había sido de 500.000 votos. Agregando” no objeto el resultado final, ni creo que hubo fraude electrónico. Las máquinas funcionaron pulcramente. Tampoco me he referido a elementos especulativos, ni al ventajismo publicitario, ni a las leyendas urbanas de los iraníes, chinos y multicedulados votando. Nada de eso cuantificable con un mínimo de verosimilitud y todos pertenecientes al reino del quizás”.
Con motivo de los resultados del 14 de abril, el diario El Universal (28 de abril de 2013), en un titular desplegado en primera página, a grandes trazos, señalaba: “Capriles ganó con 52% y una diferencia de cuatro puntos”, opinión de Alfredo Weil, producto de una amplia especulación numerológica, que remataba, como para curarse en salud: “No quiero decir que es la verdad absoluta, pero sí un indicio”.
De la confrontación, PROVEA- MINCI, una cosa deja clara el Informe de la ONG: “Si bien los CDI y sus trabajadores fueron víctimas de ataques y agresiones diversas, ningún centro asistencial mostró los signos de intensidad denunciados por voceros del gobierno”. En otras palabras, la cosa no era para tanto. Un dato curioso resalta en el llamado al diálogo y a la reconciliación que formulan: “El gobierno tiene que dar señales de querer dialogar…” La pregunta es: ¿Y por qué no formulan la misma exigencia a la oposición?
Se habló y se sigue hablando de una crisis política, subsiguiente al 14 de abril. Busqué la noticia acerca de los muertos y heridos, en dos de los principales diarios capitalinos del país (El Nacional y El Universal). Solamente la encontré en Vea y El Correo del Orinoco. Aquellos destacaron en grande la represión y la persecución a quienes manifestaron en contra del CNE, por parte de la Guardia Nacional, mientras que para estos últimos, pasó inadvertida. El desequilibrio informativo es parte de la guerra de cuarta generación.
Otro dato: El fascismo, en tanto práctica discursiva y real, no es exclusiva del Estado. También se ejerce desde la sociedad civil. Los líderes recrean la prédica de Mussolini, en aquello de: ¡Creer, Obedecer y Combatir¡
Dice Mires, justificando la labor del limpiador de parabrisas, la suya y la de los demás críticos del gobierno, que hizo lo que hacemos todos nosotros (los normales): homo faber y homo luden, al mismo tiempo, puso implemente su espíritu al servicio de “su hacer”. No obstante, tengo una versión diferente: El limpiador logró su cometido a costa de limpiar solamente la parte sucia del vidrio correspondiente al lado del chofer.
A fin de cuentas, ya lo advertía Juan Nuño. Siempre será más fácil creer que descreer. Lo difícil es cultivar la desconfianza crítica. Y pensar que Descartes, desde hace más de cuatro siglos, ya lo aconsejaba: Dudar, dudar, dudar.
Planteamientos El arte de desmentir
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